Tropezar en público, equivocarse al hablar, saludar a alguien que en realidad no nos estaba saludando, decir algo absurdo de lo que uno se arrepiente. Hay situaciones que, aunque objetivamente tienen poca importancia, pueden provocar vergüenza , pero la forma en que reaccionamos ante ellas es determinante en cómo las perciben los demás.
Las pequeñas situaciones embarazosas no tienen por qué perjudicar nuestra imagen social. En determinados contextos, la capacidad de reírse de uno mismo puede incluso mejorar la impresión que generamos en los otros. “Muchas veces la sensación de vergüenza no procede de lo que ha sucedido, sino del significado que le atribuimos. Que una persona piense: ‘He hecho el ridículo’ es una cosa, pero si siente, por haber cometido el acto, , ya estamos ante algo mucho más profundo”, asegura el psicólogo , experto en psicoterapia y director del Gabinete de Psicología Gascón Razé. “Cuando la vergüenza o la sensación de ridículo es muy intensa, recurrente o desproporcionada, conviene no tratarla simplemente como un problema que hay que eliminar cuanto antes. Puede estar expresando un conflicto psicológico que merece ser comprendido”, sostiene el experto.
El estudio , publicado el pasado junio en la revista científica Review of Philosophy and Psychology, expone que la posibilidad de hacer el ridículo puede entenderse como una situación en la que nuestra identidad social queda expuesta a evaluación. La vergüenza que puede surgir ante esa situación forma parte de un sistema de regulación que nos permite interpretar las normas del entorno social y adaptar nuestra conducta a ellas. Si, por ejemplo, un tropiezo ha sido gracioso y las personas que lo presencian se ríen, la persona puede acompañar con humor su caída para amortiguar la vergüenza.
“Desde el punto de vista psicológico, ser capaz de tomarse con humor un tropiezo o una situación embarazosa menor puede reflejar una relación más amable con uno mismo. La capacidad de reírse puede indicar que, en lugar de intentar ocultar un error o estar justificándose, se muestra que no hay necesidad de mantener una imagen de perfección ante los demás”, explica el psicólogo y psicoterapeuta “Esta actitud puede ayudar a reducir la tensión y hacer que las interacciones sean más naturales. Además, afrontar puede transmitir cualidades que suelen valorarse positivamente en las relaciones sociales”, destaca.
La investigación , publicada recientemente en la revista científica Journal of Personality and Social Psychology, concluye que el hecho de reírse de uno mismo genera una impresión más positiva y la persona parece más cálida, competente y auténtica. “Usar el humor para relativizar un error tiene muchas ventajas: mejora la calidad de las interacciones y fomenta una identidad menos rígida, reduce la autocrítica y favorece la espontaneidad”, explica Schilling.
Pasar vergüenza o hacer el ridículo no tiene por qué convertirse en una experiencia exclusivamente negativa. El informe de la revista Philosophy and Psychology señala que esta emoción puede cumplir una función reguladora y ayudar a orientarnos dentro de las normas sociales. “Existe una dimensión neurobiológica relacionada con la evaluación social y con la respuesta de alerta ante situaciones en las que nos sentimos observados o juzgados. Por eso, una misma equivocación puede provocar en una persona una sonrisa y en otra una experiencia de enorme sufrimiento. Elegir la primera es una forma de adaptación para equilibrar la experiencia”, comenta Norberto.
Otra posibilidad que ofrecen estas situaciones es detectar . Frente a palabras impulsivas y fuera de tono o a hablar sin conocimientos sobre un tema, se puede aprender de los errores. “Aprender de un error que lleva a una persona a sufrir ridículo le puede ayudar a no volver a cometerlo, y esto es más eficiente que reducir la vergüenza”, asegura el psicólogo.
Schilling recuerda que este aprendizaje no supone trivializar un error, sino diferenciar entre los que requieren corregirse y aquellos que se pueden integrar con ligereza. “Cometer un error no define quiénes somos. Aceptar pequeños errores con humor nos permite experimentar, aprender y mejorar y, además, aumenta nuestra confianza, porque cada vez que hacemos algo que nos daba vergüenza y comprobamos que podemos afrontarlo obtenemos una experiencia que puede aumentar nuestra confianza para situaciones futuras”.
Aun así, la vergüenza es una experiencia muy ligada a la subjetividad. “Puede que la clave no esté en evitar a toda costa hacer el ridículo, sino en aprender que una situación embarazosa no define quiénes somos”, propone Norberto. “Equivocarnos, reírnos de nosotros mismos y seguir adelante también forma parte de aprender a relacionarnos con los demás, porque, a veces, perder el miedo a quedar mal es otra forma de ganar confianza”, resume.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
