Conocí de la existencia de Aina S. Erice (Palma, 41 años) cuando en el que hablaba de las plantas rebeldes que habían tomado la ciudad aprovechando el confinamiento por la pandemia, igual que los jabalíes, pavos reales, ciervos o patos que se paseaban por el asfalto, sintiéndose seguros sin la presencia humana. ¡Qué tristeza pensar que nuestra actividad diaria perjudica tanto al reino animal y vegetal! Internándome descubrí que esta bióloga, escritora y conferenciante centra sus esfuerzos en la etnobotánica: la relación entre humanos y plantas. Además, cuenta con la habilidad de relacionar el mundo vegetal con casi cualquier cosa: historia, antropología, mitología, artes, ciencias, filosofía, poesía, literatura o lingüística.
Como la zarza, su mente prolífica produce libros: Cuéntame Sésamo (2018), El libro de las plantas olvidadas (2019) o La invención del mundo vegetal (2022). También escribe artículos, da charlas y conferencias y cuenta con un blog, , y un podcast, La senda de las plantas perdidas. Siempre con la consigna de que la clorofila nos acompañe.
En su afán por relacionarlo todo, esta mallorquina ha elegido el tema de las religiones y la espiritualidad y su conexión con el mundo vegetal como argumento de su último libro, El jardín de los dioses (de Ariel, como los dos anteriores). “Básicamente, escribo y disfruto escribiendo de lo que me gusta, y luego el trabajo es conseguir que esto sea relevante para un determinado número de personas. ¿Por qué la dimensión inmaterial del mundo vegetal? Porque a día de hoy es muy fácil convencer a la gente de que las plantas resultan útiles desde un punto de vista pragmático. Las que puedes cultivar, las que puedes comer, las plantas medicinales. Y a mí me atrae todo el universo inmaterial de nuestra relación con los vegetales. El papel simbólico, artístico, espiritual. Estos papeles que no son fáciles de explicar, pero que nos atraen”, explica.
El Jardín de los dioses plasma cómo en las sociedades agrícolas ciertas plantas tenían un estatus de dioses o entidades protectoras, como el maíz, el arroz o el trigo. En parte, porque su papel, el de la alimentación y sustento de la población, no era algo menor. “En Hispanoamérica, , todavía hay comunidades indígenas en las que esto sigue vivo, o matizado por el cristianismo. En el mundo occidentalizado, en el que hablamos de grandes religiones, las plantas son como ofrendas al dios, pero nada más. Sin embargo, todavía se realizan ritos o se hacen rogativas a los santos para tener una buena cosecha o para que llueva”, afirma Erice. “Hoy se ha instaurado la mecanización de la agricultura. Ya no es relevante lo que le pase a las plantas, puesto que todo está bajo control: invernaderos, irrigación, fertilizantes. Tenemos soluciones técnicas para contrarrestar el clima o las plagas. Lo que antes pertenecía a la divinidad ahora nos pertenece a nosotros”, explica.
Seamos o no creyentes, la religión y las ideas espirituales han impregnado nuestra cultura, así como los mitos en torno a la agricultura. Como apunta Erice en el libro, el concepto de resurrección tiene mucho que ver con el ciclo de la naturaleza y las plantas, que vuelven a florecer en primavera. La muerte es una señora que porta una guadaña, con lo que es muy probable que sea una campesina y, tradicionalmente, a los niños se les explicaba la fecundación humana con el símil de que papá ponía la semillita en mamá. Las brujas eran también mujeres que estaban en contacto con las plantas y que conocían sus secretos, con mejores o peores intenciones.
¿El mundo vegetal es más femenino y el animal más masculino, y quizás por eso el primero ha estado en un segundo plano? La autora propone la idea de que la repartición de trabajos ha estado marcada por la biología. “Cuando una mujer debe amamantar a un niño, esto limita, irremediablemente, su movilidad. Así que no es extraño que madres y plantas compartieran los frutos de este estatismo y que las mujeres compatibilizaran su trabajo de traer hijos al mundo con el de cuidar de la vegetación y aprender sus secretos”, sostiene. “Dicho esto, se está revisando esta idea. Por ejemplo, estudiando archivos de casos de brujería en Escocia, era un porcentaje ínfimo respecto al total. La mayoría eran hombres, y esto puede ser incómodo. Lo que también es cierto es que los cargos de brujería eran distintos a los de hierbatería o hechicería. Es decir, que emplear hierbas para curar a tus vecinos no te convertía, automáticamente, en carne de hoguera. Claro que, si las cosas no salían bien y eras impopular en el vecindario, podían acusarte de brujería”, añade.
En el apartado de plantas ilegales o prohibidas, incluyendo plantas alucinógenas con propiedades psicotrópicas como , el peyote o el cannabis, la autora menciona en el libro la teoría, no constatada, de que su consumo pudo suponer una ventaja evolutiva. La gente se hizo más creativa, con mayor elocuencia verbal, y pudo promover el nacimiento del lenguaje o del pensamiento abstracto. “Las plantas cuyo consumo altera la percepción han tenido una importancia en el apartado espiritual de la humanidad desde que empiezan a utilizarse, más de 10.000 años atrás (la primera fue el tabaco). Hay muchos testimonios de gente que ha tomado ayahuasca, hongos o peyote y ha experimentado cosas que han provocado cambios en sus vidas. En el mundo occidental se ha asociado la religión con un sistema de dogmas, pero no hay un componente experiencial o místico de lo sagrado. Se busca llenar este vacío acercándose a este tipo de sustancias”, opina.
El perfume, hoy en día tan mercantilizado, también tiene algo muy místico que el libro expone ampliamente. Ha estado presente en sustancias sanadoras o purificadoras, ofrendas a divinidades o difuntos, escudos de protección contra el mal, símbolos de la presencia de dioses, armas de seducción o vehículos de conocimiento. “Esto entronca con Afrodita, diosa enamorada de muchas sustancias perfumadas en el mundo antiguo. A mí siempre me ha atraído mucho el papel del perfume, que siempre ha tenido un componente laico; pero, al mismo tiempo, es muy fácil que se le pegue la faceta religiosa, porque los aromas tienen un componente de inmaterialidad, como los dioses y los espíritus”, detalla la autora.
El origen del mundo tiene también su explicación vegetal. Hay culturas que cuentan con leyendas donde explican que la humanidad procede de un árbol, un loto o la caña primigenia. En este sentido, el libro cuenta la anécdota del dictador filipino que encargaron retratos de sí mismos como los míticos Malakas (Fuerte) y Maganda (Bella), surgidos del bambú. La pareja había pedido en 1985, un año antes de su exilio, la redacción de una versión del mito que terminaba en una celebración del régimen Marcos, los nuevos “Padre y Madre” de una gran familia filipina. Y cómo no mencionar el mito del Jardín del Edén, esa naturaleza bondadosa que se torna maligna y vengativa cuando el ser humano comete una infracción, como comer del árbol de la fruta prohibida.
A veces es la naturaleza la que se vuelve contra el hombre por hacer algo malo, una idea que ha sido utilizada por el poder para sus fines. “Existe una teoría que dice que, para que las sociedades se vuelvan más complejas y aparezcan jerarquías, clases sociales y figuras políticas que mandan al resto de los ciudadanos, necesitamos cultivar plantas que generen un excedente que se pueda guardar. Porque la gestión de esos graneros está muy vinculada con el poder político. De hecho, en Japón, el santuario más importante de la religión sintoísta, el Gran Santuario de ISE, es un granero”, expone.
Erice dice que no es muy “de cielos y de infiernos”, pero espera que exista “ese infierno que imaginaron en la India al que va la gente que tala árboles sin motivo”. “Seguimos viendo a las plantas como ‘algo’, en vez de como ‘alguien’, y esto es uno de los errores del que nos conviene salir. Pienso mucho en los mitos griegos, en los cuales los mortales siempre acaban mal por un exceso de lo que ellos llamaban hybris (orgullo, soberbia, arrogancia). Con las plantas pecamos de esta hybris, porque todavía no tenemos ninguna tecnología, ya no que supere, sino que iguale a la fotosíntesis vegetal”, advierte. “Deberíamos reconectar con este sentimiento de humildad, de no ser los reyes del universo porque no lo somos. Estoy esperando el rayo de Zeus de un momento a otro”.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
