Gonzalo Fernández, el coleccionista que arregla juguetes antiguos en su taller secreto de Oviedo: “Si veo un chollo no puedo evitar comprarlo” | Vive Saludable

Gonzalo Fernández, el coleccionista que arregla juguetes antiguos en su taller secreto de Oviedo: “Si veo un chollo no puedo evitar comprarlo”

Gonzalo Fernández, el coleccionista que arregla juguetes antiguos en su taller secreto de Oviedo: “Si veo un chollo no puedo evitar comprarlo”

Coloca una locomotora de juguete sobre la vía para comprobar que todo funciona. Las ruedas empiezan a girar y el tren se pone en marcha, como si los años que ha pasado detenido no hubieran existido. Gonzalo Fernández (71 años, Oviedo) dedica buena parte de su tiempo a esto, a reparar mecanismos que llevaban décadas sin funcionar. Su hermano y él son los copropietarios de , una tienda de enmarcación y galería de arte que esconde un mundo que no se intuye desde la calle.

Texu significa tejo en asturiano, un árbol tradicionalmente ligado a la memoria, la longevidad y la continuidad. El nombre parece una declaración de intenciones para un lugar dedicado a conservar cuadros, juguetes y mecanismos. Entre un sinfín de herramientas minuciosamente ordenadas, vías, locomotoras, vagones, cajas antiguas y dispositivos, Fernández ha instalado el taller donde repara y conserva una colección de reunida durante más de medio siglo. Hay trenes de Payá, Märklin, Lionel y otras firmas que marcaron la historia del juguete durante la primera mitad del siglo XX. Algunos llegaron hasta aquí después de décadas olvidados en cajas, otros aparecieron en mercadillos, antiguas jugueterías y casas de subastas. Casi todos necesitan las manos de alguien capaz de entender cómo funcionan y de poder repararlos.

La hija de Fernández ha tomado recientemente el relevo al frente del negocio, pero él sigue dedicando buena parte de su tiempo a una afición que comenzó cuando tenía apenas 12 años: coleccionar y reparar juguetes antiguos. “Los juguetes que me interesan van desde 1920 a 1960. Los anteriores a esta fecha ni siquiera son de hojalata”, explica. “Los juguetes antes se hacían para durar y eran muy caros. Yo nací en 1955 y en España casi se acababan de quitar las cartillas de racionamiento. Las cosas tenían otro valor”, considera.

Payá, una de las grandes industrias jugueteras españolas, fabricó durante décadas en Ibi, Alicante. Sus trenes eran capaces de competir en diseño con algunos de los principales fabricantes europeos. Pero la España en la que se producían aquellos juguetes tenía poco que ver con la Alemania industrial de firmas como Märklin. Mientras los alemanes podían recurrir al acero, numerosos componentes españoles se fabricaban en calamina, una aleación de zinc que ofrecía muy buen acabado, pero que con el tiempo podía deteriorarse y deformarse. “Quedaba muy bien en el momento, pero con los años se descomponía”, explica Fernández, mientras muestra alguna pieza. Aun así, no considera inferiores aquellos trenes españoles y habla de Payá con la admiración propia de quien sabe que fue una de las grandes industrias jugueteras españolas: “Era una potencia. Antes y después de la Guerra Civil, la industria juguetera alicantina llegó a tener una importancia enorme”.

Un tren eléctrico podía pasar de ser un regalo de cumpleaños a convertirse en todo un acontecimiento. Los juguetes eran caros y no se sustituían constantemente. Se heredaban, se arreglaban y se guardaban. A él le gustaban, sí, pero lo que de verdad le fascinaba era descubrir cómo funcionaban. “Siempre me interesó la mecánica”, asegura. De ahí su afición por los relojes, los engranajes, los tornos y las fresadoras. “Empecé Ingeniería Industrial, pero mi aventura universitaria duró poco y me puse a trabajar. Terminé formándome como maestro industrial y durante dos años trabajé en una empresa que vendía maquinaria y material para minas. Me encargaba, entre otras cosas, de facilitar a los comerciales los precios de tornos, fresadoras y otras máquinas”, recuerda. Después llegó una huelga, despidos y una llamada para regresar a la misma empresa cuando todo terminó. Decidió no volver.

Aquella decisión acabaría llevándolo hasta los marcos. Empezó trabajando en la tienda de un amigo para “sacar unas perras”. El oficio tampoco le resultaba completamente ajeno, ya que él procedía de una familia de pintores y siempre había querido dedicarse al arte, pero en casa no había dinero para enviarlo a estudiar fuera de España. Terminó montando un pequeño negocio de enmarcación. Al principio trabajaba para tiendas y pintores y prefería mantenerse lejos del mostrador. “Yo no quería estar de cara al público”, cuenta Fernández. Pero el trabajo fue creciendo y el local se quedó pequeño.

Decidió entonces asociarse con su hermano. Necesitaba más espacio. Llegaron los encargos de particulares, artistas, galerías, empresas e instituciones. Entre sus clientes están el Banco Herrero, el o la Fundación María Cristina Masaveu, además de alguno de los más destacados pintores asturianos. El negocio siguió creciendo hasta instalarse, hace 18 años, en el actual local de Texu, con cerca de 500 metros cuadrados dedicados a enmarcación de obra pictórica y exposición. Cuando Fernández se jubiló, encontró en la planta superior el lugar perfecto para dar forma a otra de sus pasiones: la búsqueda y recuperación de juguetes antiguos.

Hay que subir unas escaleras para descubrir el secreto mejor guardado de Texu. Arriba desaparecen poco a poco las molduras y los cuadros y empiezan a aparecer locomotoras, vagones, montones de herramientas y piezas de metal. El espacio tiene algo de taller, algo de almacén y bastante de museo privado. Allí se cruzan la lógica de su profesión y la de su afición: conservar un objeto, entender cómo está construido y conseguir que sobreviva al paso del tiempo.

Fernández colecciona todo tipo de juguetes, pero los trenes ocupan un lugar especial. “Me gustan todos, pero los trenes me encantan. Eso sí, tienen que circular”, explica. También reconoce la parte más compulsiva de la afición: “El coleccionismo es como una droga. Si ves un chollo, no puedes evitar comprarlo. Si algo cuesta 300 euros y lo puedo comprar por 70, lo compro, aunque sea por si algún día se me estropea otro”. Para él, el precio pierde importancia, lo que de verdad le interesa es la rareza, la mecánica, el estado de conservación y la historia que se esconde detrás de cada pieza.

Pero no se trata solo de comprar, . En su mesa de trabajo sigue intacta aquella fascinación por los mecanismos que empezó cuando era niño y desmontaba relojes para descubrir qué había dentro. Examina una pieza, busca el fallo, desmonta el juguete y, cuando no existe el recambio, intenta reproducirlo, aunque siempre prioriza la autenticidad. El objetivo no es conseguir que parezca recién salido de fábrica ni borrar las marcas que ha dejado el tiempo, sino hacer que vuelva a funcionar.

Más de medio siglo después de aquel primer tren Payá, Fernández vuelve a colocar una locomotora sobre la vía. Las ruedas empiezan a girar y el tren se pone en marcha. Durante unos segundos, parece como si el tiempo no hubiera pasado para ninguno de los dos.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.