La montaña como gimnasio: por qué el ejercicio en altura beneficia al cuerpo | Vive Saludable

La montaña como gimnasio: por qué el ejercicio en altura beneficia al cuerpo

La montaña como gimnasio: por qué el ejercicio en altura beneficia al cuerpo

En muchos pueblos de montaña se repite una imagen familiar al ver a personas mayores que suben cuestas a diario, trabajan en el campo y conservan una vida activa a edades en las que la movilidad suele haberse reducido. Durante años, se ha atribuido a respirar aire puro, a la alimentación o a un ritmo de vida más tranquilo. La explicación, sin embargo, es bastante más compleja, ya que la montaña no solo transforma el paisaje y las costumbres, sino que también cambia Al ascender, disminuye la presión atmosférica. El aire mantiene aproximadamente la misma proporción de oxígeno, cerca del 21%, pero la reducción de la presión hace que en cada respiración entre menos oxígeno disponible en el organismo. Es lo que se conoce como hipoxia hipobárica. El cuerpo detecta enseguida esta situación, por lo que aumenta la ventilación, y se activan distintos mecanismos para conservar el suministro de oxígeno a los tejidos. No se trata de una alteración patológica, sino de

Cuando la falta de oxígeno es moderada (entre 1.000 y 2.500 metros) y se combina con ejercicio, puede convertirse en un estímulo para la adaptación. Los músculos necesitan más oxígeno al caminar, correr o pedalear, pero deben obtenerlo en condiciones menos favorables. Con una exposición adecuada, esta combinación puede activar procesos relacionados con la formación de capilares, el metabolismo muscular y la utilización del oxígeno. Los efectos no proceden de una propiedad especial del aire de la montaña, sino de la

Una parte de esta respuesta depende de los factores inducibles por la hipoxia, conocidos como HIF (Hypoxia-Inducible Factors). Estas proteínas intervienen en la adaptación de las células cuando disminuye el oxígeno. Regulan, entre otros procesos, la formación de vasos sanguíneos, el funcionamiento mitocondrial y el metabolismo energético. Los descubrimientos sobre estos mecanismos de detección y adaptación celulares al oxígeno fueron reconocidos con concedido a William Kaelin, Peter Ratcliffe y Gregg Semenza.

La altitud también modifica la intensidad real del ejercicio. que resulta cómoda al nivel del mar puede exigir un esfuerzo mayor en media montaña, aunque se mantengan la velocidad y la distancia. trabaja con menos oxígeno disponible y la fatiga aparece antes. Por eso conviene reducir el ritmo durante los primeros días y valorar el esfuerzo por las sensaciones, no solo por la velocidad habitual. Cansarse antes no significa haber perdido la forma física, ya que es una respuesta esperable mientras el cuerpo se adapta.

Los deportistas conocen bien este fenómeno. Los Juegos Olímpicos de México de 1968, celebrados a más de 2.000 metros, mostraron con claridad cómo la altitud podía afectar de manera distinta a las pruebas de velocidad y resistencia. Desde entonces, el entrenamiento en altura se ha utilizado para preparar competiciones y favorecer ciertas adaptaciones relacionadas con el transporte de oxígeno. Uno de los ejemplos más conocidos es Iten, una localidad de Kenia, que se encuentra a 2.400 metros de altitud y de donde han surgido algunos de los mejores corredores de fondo del mundo, como y donde la carrera se ha convertido en una actividad cotidiana.

Ahora bien, no mejora siempre el rendimiento posterior al nivel del mar. Los resultados dependen de la altitud, la duración de la estancia, la carga de entrenamiento, el nivel del deportista y su respuesta individual. Dos atletas sometidos al mismo programa pueden adaptarse de forma muy diferente. La utilidad resulta más clara cuando la prueba también se disputa en altitud, porque

No siempre es necesario desplazarse a la montaña para aplicar este tipo de estímulos. permite reducir la proporción de oxígeno inspirado sin modificar la presión atmosférica. Se emplea en habitaciones o tiendas hipóxicas, donde el deportista puede dormir durante varias semanas, y mediante sistemas conectados a una máscara durante sesiones concretas de ejercicio. Estas técnicas reproducen algunos efectos de la menor disponibilidad de oxígeno, pero no equivalen por completo a vivir o entrenar en altura, donde también intervienen la presión atmosférica, el frío, la radiación solar, el terreno y otros factores ambientales. Es común ver a deportistas de élite como Carolina Marín o Kilian Jornet utilizarlas en sus programas de entrenamiento, por lo que su aplicación debe planificarse de manera individual y con supervisión especializada.

La montaña puede ser una buena aliada, pero la respuesta depende de la dosis. Una exposición progresiva a una altitud moderada, acompañada de actividad adaptada a la condición física, puede favorecer respuestas beneficiosas. Si se asciende demasiado rápido o se mantiene un esfuerzo excesivo, el estímulo deja de ser tolerable. Pueden aparecer dolor de cabeza, náuseas, alteraciones del sueño, fatiga intensa o mal agudo de montaña. Ignorar estos síntomas y continuar ascendiendo aumenta el riesgo.

También conviene matizar la idea de que la hipoxia de montaña provoca por sí sola trombosis en personas sanas. La evidencia disponible no permite identificarla como el principal desencadenante de hipercoagulabilidad o de episodios tromboembólicos. En situaciones reales suelen coincidir como la deshidratación, el frío, el esfuerzo extremo, la inmovilidad durante viajes prolongados o la existencia de enfermedades previas. Esto no elimina el riesgo, pero obliga a interpretarlo dentro del contexto de cada persona y de las condiciones de la actividad. Algo parecido sucede con la longevidad de algunas poblaciones que viven en altitud. Sería demasiado simple explicarla únicamente por la menor disponibilidad de oxígeno. También influyen la alimentación, la composición corporal, la contaminación ambiental, las relaciones sociales y el acceso a los servicios sanitarios. sobre mortalidad cardiovascular en zonas de altitud entre 1.000 y 2.500 metros señala precisamente que los posibles beneficios podrían proceder de la combinación de varios de estos factores, y no de la hipoxia de manera aislada.

¿Es buena, entonces, Para la mayoría de las personas puede serlo si la altitud, el recorrido y la intensidad se ajustan a su estado de salud y experiencia. Caminar, correr o pedalear en la montaña añade una exigencia cardiorrespiratoria y muscular que puede enriquecer los beneficios habituales del ejercicio. La recomendación es sencilla: ascender de forma gradual, hidratarse, comenzar a un ritmo menor del acostumbrado y prestar atención a los síntomas. La montaña ofrece un estímulo valioso, pero sus beneficios no dependen de llegar más alto ni de esforzarse más, sino de saber adaptar la actividad a nuestras posibilidades para ejercitarnos.

*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.