Las palabras son importantes. A veces describen una realidad. Otras, pretenden modificarla. Cuando Pete Hegseth se convirtió en secretario del Departamento de Defensa de Estados Unidos, empezó a llamarlo Departamento de Guerra. El pasado verano, le añadió una coletilla nueva: Departamento de Guerra de alta testosterona. Lo hizo que exige que todos los miembros de las fuerzas armadas mayores de 30 años analicen sus niveles de esta hormona. El objetivo, dijo, era preparar mejor a los miembros del servicio para un campo de batalla moderno “brutal e implacable”.
Los resultados de esas pruebas, que se incluyeron en los chequeos médicos desde el pasado agosto, no han trascendido. Pero un estudio publicado este jueves en la revistaasegura que el 25,7% de los soldados estadounidenses en activo presenta niveles de testosterona por debajo de 300 nanogramos por decilitro, un umbral que suele utilizarse como referencia clínica para identificar una posible deficiencia hormonal. Un 15% estaría por debajo de 264, un umbral más estricto. Se trata de una muestra representativa de 500 soldados. Extrapolándolo al total de efectivos del Ejército, calcula que unos 100.000 militares quedarían por debajo del umbral exigido por la nueva política de Pete Hegseth. La medición se hizo solo una vez, y no varias como sugiere el consenso médico para determinar si hay un problema de hipogonadismo.
A pesar de estas limitaciones, el resultado es llamativo por los bajos niveles de esta hormona. “Aunque no diría que completamente sorprendente”, matiza , autora del estudio, en un intercambio de mensajes. Los resultados no difieren demasiado de los observados en la población general estadounidense, “sugiriendo que las concentraciones bajas de testosterona podrían ser igual de frecuentes en las poblaciones militar y civil”. Hay que tener en cuenta que aquí se estaba analizando a una población bastante joven (la media es de 29,9 años) y activa físicamente.
Los niveles de testosterona han disminuido lentamente en todo el mundo en las últimas décadas. “La evidencia científica relaciona esta tendencia con el aumento de la obesidad y el estilo de vida sedentario”, explica en conversación telefónica , fisiólogo de la Universidad de Córdoba. El caso más extremo es el hipogonadismo, cuando la ausencia de esta hormona puede causar depresión, disfunción eréctil, cansancio y otras dolencias. Aproximadamente el 5,6% de los hombres de entre 30 y 79 años tiene hipogonadismo. Pero, asociada con la masculinidad, “no tiene tanto que ver con una cuestión médica, sino con una moda”. La testosterona se ha convertido en una obsesión para la derecha estadounidense y la manosfera, una comunidad online que promueve ideas extremas sobre masculinidad y antifeminismo.
En consecuencia, la terapia de reemplazo de testosterona (TRT) se ha disparado. En Estados Unidos ha crecido de menos de un millón de recetas en 2000 a casi 12 millones en 2025. Aunque la TRT tiene un uso médico legítimo, este contexto lo ha convertido en un fármaco de estilo de vida para desarrollar masa muscular y deseo sexual. Se ha banalizado su uso. Solo el 12% de los hombres tratados con esta terapia cumple los criterios diagnósticos, según un artículo publicado en . Su autora, la endocrina , explica que “la terapia con testosterona a largo plazo no está exenta de riesgos y puede generar la necesidad de un seguimiento médico continuado”. Papaleontiou cree que el presente análisis indica una tendencia y no la presencia de una enfermedad. “Es importante señalar que un único resultado bajo de testosterona no permite diagnosticar hipogonadismo. Los niveles de testosterona varían según la hora del día, la presencia de enfermedades, el sueño, la alimentación, los medicamentos y las condiciones del análisis de laboratorio”, explica.
Pero Hegseth ha prometido ofrecer TRT a todos los soldados que den niveles bajos en esta hormona y no ha mencionado específicamente el hipogonadismo como enfermedad. Con uno de cada cuatro soldados puntuando bajo en esta métrica, las implicaciones de esta promesa podrían ser enormes. El anuncio no deja de ser irónico, pues al Ejército estadounidense argumentando que no podrían tener acceso a su tratamiento hormonal en zonas de guerra.
Tena-Sempere analiza el estudio y se fija más en los kilos que en las hormonas. “ y aquí estamos analizando a soldados”, argumenta. “Si son de escalafones inferiores, probablemente tengan un nivel socioeconómico medio bajo. Y uno de los fenómenos que se está poniendo encima de la mesa es que la obesidad es más prevalente en segmentos económicos desfavorecidos”. En el estudio se ve claramente esa idea. El índice de masa corporal (IMC) medio de la muestra es de 28,5. A partir de 25 se considera que una persona tiene sobrepeso y desde 30, que es clínicamente obesa. Pero la cosa parece aún más evidente cuando se hace zoom. “Descubrimos que cada aumento de cinco puntos en el IMC se asociaba con unas probabilidades aproximadamente un 90% mayores de presentar una concentración de testosterona inferior a 300”, explica la autora. “En este contexto casi tendría más sentido tratar a los soldados con análogos del GLP-1 que con testosterona”, reflexiona Tena-Sempere.
El trabajo se produce en un momento en que el Ejército estadounidense ha comenzado a prestar más atención a esta hormona, convirtiéndola en una panacea para el buen desempeño de sus soldados. La propia Berryman reconoce que su investigación “no evaluó directamente la relación entre las concentraciones de testosterona y el rendimiento militar”. Tener una cifra por debajo de un determinado umbral no implica necesariamente una disminución de la capacidad física ni la imposibilidad de desempeñar las funciones propias del servicio. Pero no parece que los baremos del secretario de Defensa sean tanto médicos como ideológicos. “Ni gordos, ni transexuales, ni barbudos, ni raritos, ni cobardes, ni radicales”, enumeró Hegseth para describir a quienes no tienen cabida en las fuerzas armadas que él desea. “Solo guerreros”.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
